Desde una empinada calle de Manizales. 08/10/2026. Mientras la noche villamariana nos arropa en medio de una llovizna intermitente, con nuestros amigos contertulios de café hemos estado recordando, como debe ser, con decenas de anécdotas que ha dejado en la historia un caldense de oro, Carlos Alberto Herrera Ospina, cuyo nombre muchos no recuerdan, como eso sí, su remoquete, ‘La brujita’.
Quienes gustamos del buen paisaje cultural en el Eje Cafetero y en especial en el de Caldas, fue un personaje ya tradicional, si visitabamos el Monumento Los colonizadores por Chipre o acaso su magnifico mirador, por allí andaba, pero también lo topamos en la Plaza de Bolívar, camino hacia el Nevado del Ruiz por los lados de Murillo o por El Cable, la bella zona rosa de Manizales.
‘La brujita’ hizo de la guianza turística más que una labor profesional, un arte, que dominó a la perfección con cientos de anécdotas, por los bellos rincones manizaleños.
Cualesquier golpe de ojo del turista se convertía en un cuento redactado por su mente mágica que entretenía a todos con su carisma y vocación.
Galardonado en varias ocasiones ‘la brujita’ era feliz muy feliz, narrando historias, acompañando en un café colombiano a los absortos contertulios que cuando chocaban con él, en realidad tropezaban con un historiador innato.
Hace unos meses, durante un paseo por Chipre, acompañado yo por el presidente de la Liga de Fútbol de Cundinamarca Martín Muñoz y la jefe de prensa Hasbreidy Marentes, mientras ellos embelesados contemplaban el atardecer manizaleño al cual le versó Neruda, apareció cerca del nuevo puente mirador de cristal ‘La brujita’, con un saludo muy breve pero acompañado de su calidez.
Hoy 8 de octubre lamentamos su fallecimiento, sabemos que el Maestro vuela alto en procura de ese cielo al que él tanto admiró y le recitó.
Caminante, son tus huellas el camino y nada más; Caminante, no hay camino, se hace camino al andar; Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar; Caminante no hay camino sino estelas en la mar. Antonio Machado, 1912






